Satisfacción y Bienestar
Julio Lorca Gómez
Director Revista eSalud. España.
Nota: Artículo publicado en la edición impresa del Diario Sur (Málaga) el 22-08-2007
Desde el momento en que el ser humano tomó conciencia de sí mismo necesitó identificar alguna fuente externa que explicara el porqué de sus infortunios. Aquellas cosas tan majestuosas que le rodeaban (la madre naturaleza, el sol, las estrellas…) debían tener algo que ver con fuerzas poderosas que no conseguía adivinar. Nacieron así los mitos y más tarde las religiones (y probablemente el arte), como formas de racionalizar o asimilar lo inexplicable. Cuando lo que recibíamos se adecuaba a lo que deseábamos, entendíamos que los dioses estaban contentos. En caso contrario, alguna ofensa les habríamos ocasionado que explicase el mal que nos estaban provocando. En ese caso, deberíamos compensar el agravio mediante algún tipo de sacrificio, muchas veces humano, u ofrenda (véase la última película de Mel Gibson, Apocalypso, para mejor ilustración). Sólo si ellos estaban contentos, podríamos estarlo nosotros también.
La relación entre satisfacción y bienestar ha sido una constante en la construcción de las civilizaciones... y también de su ocaso. Los pueblos bárbaros fronterizos con Roma, que aportaban parte de la mano de obra a las legiones imperiales, comprobaban diariamente cómo se despilfarraba por doquier todos los bienes, mientras que sus familias en la distancia morían de hambre y enfermedad. Nadie hizo más por la caída de Roma que los mismos romanos.
Occidente ha articulado su concepción reciente del bienestar en parámetros cada vez más relacionados con la satisfacción material, en muchos casos catalizada por un mercado fuertemente centrado en el consumo, que condiciona la espiral retroalimentada del “quiero más”. Esto recuerda aquella afirmación de Nietzsche que asevera que la felicidad radica antes en el deseo que en lo deseado. Es por tanto una dinámica subjetiva la que reinterpreta las relaciones entre expectativas y satisfacciones. Podemos entenderlo mejor con un ejemplo: Si vamos al cine a ver una película de la que todo el mundo habla maravillas, a veces nos queda la sensación de ¡no era para tanto!. En este caso sobre-ponderamos los defectos, sobre las virtudes que ya dábamos por sentadas. Si por el contrario, nos vemos circunstancialmente obligados a ver otra cinta, de la que todo el mundo hablaba mal, acabamos instintivamente destacando los aspectos menos malos.
Si la percepción de “estar bien” no depende entonces de forma absoluta de la satisfacción de necesidades materiales, y además, puede ser modulada por un reequilibrio dinámico entre expectativas y recepciones, ¿de qué depende realmente que nos sintamos bien?. Pues parece que más de nuestro propio proceso de racionalización que de aspectos objetivamente tangibles.
Así, de igual forma que nuestros ancestros quedaban en paz si todo a su alrededor estaba en calma, (ausencia de terremotos, epidemias, tempestades o malas cosechas) hoy día la felicidad es la expresión de la ausencia de desorden; y ese desequilibrio personal se manifiesta asociado a cuatro elementos de forma prioritaria: dolor, tristeza, ansiedad y muy especialmente miedo; en especial cuando éste último va asociado a una fuente invisible que no sabemos identificar. Todos ellos, son mecanismos biológicos que nos protegen de los elementos hostiles de nuestro entorno: si me quemo, retiro la mano; o si tengo miedo al precipicio, me acerco con cuidado... Sin embargo, esas piezas claves para nuestra supervivencia se encuentran hoy descompensadas en un mundo donde es difícil distinguir una amenaza de una oportunidad.
En una sociedad que ha vencido la mayoría de las amenazas naturales, donde las necesidades biológicas se encuentran ampliamente cubiertas, los clásicos mecanismos de preparación para la lucha o la defensa, no se adaptan bien a la exclusiva consecución del bienestar material. ¿Qué ocurre cuando no podemos pagar la letra del ansiado coche?
Cuando un cazador se encontraba emboscado, sus pupilas se dilataban y su corazón se aceleraba. La irrigación sanguínea de sus músculos aumentaba al tiempo que la respiración optimizaba su capacidad de oxigenación. Entonces, según las circunstancias, podía decidir huir o luchar. Todo su cuerpo estaba preparado para actuar. Cuando hoy nos enteramos de la inminente subida de tipos y su repercusión en la hipoteca de nuestra casa, el corazón se nos acelera y nos preparamos para luchar o huir... el problema es que no sabemos ni contra quién, ni hacia adonde echar a correr.
Al final, el corazón acelerado nos parece indicar que algo malo va a pasar. Los desajustes entre lo recibido y lo esperado se manifiestan finalmente en forma de angustia indefinida y sentimos una profunda insatisfacción. En ese juego, sólo se puede ganar en que en mejor medida se sabe que se puede realmente esperar. Pero cuando la veracidad de lo que se nos promete no está a nuestro alcance sólo podemos esperar que quien nos hace la oferta se comporte de forma ética.
Algo parecido le ocurre hoy al tetrapléjico, al enfermo o al ciego, cuando oye o conoce por la prensa, que algún científico, político o empresa anuncian un gran remedio para su mal: “somos los primeros en...”, “nuestra tierra es pionera al conseguir...”, y más tarde descubre que, lo que se pregonaba a bombo y platillo, sólo ocurrirá cuando a ellos ya no les quede tiempo para disfrutarlo. A su situación de desventaja, añaden ahora la frustración de una expectativa mal fundada. Es por ello que todos los llamados “pioneros” asumen una tremenda responsabilidad que adquieren en el momento de lanzar sus grandes promesas.
Pero todo no queda ahí. En la búsqueda de innovaciones espectaculares, pocas veces se tienen en cuenta determinados valores, hoy en horas bajas, como los de solidaridad o sostenibilidad. En consecuencia, se pueden estar desarrollando inventos financiados con dinero público, que si finalmente llegasen a ser un hecho, sólo serían accesibles para personas de muy alto poder adquisitivo o generarían una presión adicional sobre los sistemas públicos de protección que los harían cada vez más insostenibles.
Para que las grandes oportunidades que las nuevas tecnologías nos brindan no nos pongan al pie de los caballos, debemos aprender a incorporar en nuestras decisiones elementos no tan comerciales como la viabilidad de acceso para los más necesitados o el coste de oportunidad social; al tiempo que maximizamos el beneficio realmente perceptible por cada ciudadano de aquellas plusvalías prometidas en la mejora de su calidad de vida.












