Dibujando un Enfoque Transdisciplinar y Transcultural de la Salud. Las Nuevas Tecnologías como catalizadoras de Redes Sociales. (I)
Olga Soto Peña
Departamento de Ciencias Sociales. Universidad Pablo Olavide. Sevilla. España.
Joaquín M. Montero Navarro
Consultor Tecnológico. Einsmer Business designer. Barcelona. España.
Carlos L. Sánchez Bocanegra
UPD Delegación Provincial de Málaga. Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa. Junta de Andalucía. España.
Resumen
Las redes sociales constituyen un factor decisivo en el fomento, promoción, cuidado y restauración de la salud. Las nuevas tecnologías son ya un instrumento privilegiado para la comunicación. Nuestro objetivo es poner en las manos de los ciudadanos un portal que facilite la información, el intercambio de experiencias sobre los aspectos que más afectan a la vida cotidiana, trabajo, vivienda, educación, salud. Los usuarios garantizarán la perspectiva transcultural de este portal: personas inmigrantes y no inmigrantes que se comunican buscando lo que les une, es así como nace decultura.org.
1. Introducción
Una sociedad tan compleja como la actual requiere un esfuerzo por explicarla en sus mismos términos. La dificultad que esto entraña nos obliga a ser humildes en nuestras pretensiones de entenderla, pero eso no debe ahogar nuestros deseos de cambio. ¿Qué es eso de lo que tantos hablamos y que nadie conoce? la transdisplinariedad y la transculturalidad no es algo que podamos tocar y analizar como lo sigue entendiendo la ciencia positiva. Suponen retos que requieren nuevas formas de acercarse, de conocer y de entender la realidad, nuevas formas de conceptualizar los problemas y nuevos modos de relación y de comunicación entre las personas.
Las desigualdades sociales, culturales, étnicas, de género, crecen día a día en una sociedad cada vez más dual, donde se ha optado por actuar parcialmente ante problemas multidimensionales. Estas desigualdades se manifiestan en un deterioro general de las condiciones de vida y una pérdida de salud entendida esta en sus dimensiones biológica, mental y social. Las estructuras sanitarias y asistenciales creadas para hacer frente a estos problemas están en crisis. No es únicamente una crisis de gestión ante demandas crecientes e ilimitadas.
Esta comunicación plantea que dicha crisis afecta a las bases conceptuales, teóricas y metodológicas que orientan los servicios de atención. Y desde ahí es desde donde se deben orientar los cambios.
2. Modelo médico hegemónico
El modelo médico actual se sostiene bajo un enfoque teórico que reduce la salud a un fenómeno biológico en el individuo, entendiendo la enfermedad como un proceso de disfunción físico-químico. El objeto de análisis es el individuo enfermo, pero reducido como persona a su parte biológica. Esta idea, que pone el acento en lo orgánico, toma su influencia en la perspectiva atomista-biológica, profundamente arraigada y asentada en la concepción mecanicista del universo, en el empirismo y en el positivismo como teoría general del conocimiento. Desde este punto de vista la persona se percibe como un complicado organismo biológico, y por tanto, los conceptos que sostienen la teoría sobre la salud y la pérdida de ésta son fundamentalmente los de las ciencias naturales.
Esta conceptualización desvincula los procesos de salud-enfermedad de sus determinantes sociales, ocultando así las implicaciones sociales, políticas y económicas que éstos tienen. Se puede decir que la teoría actual es reduccionista en el sentido de que hace un análisis del medio ambiente “interno”, con un objeto científico insuficiente (el problema de la salud como alteración físico-química), una causalidad simplista (etiología físico-química específica de cada enfermedad) que lleva a una acción sanitaria también físico-química (medicamentos y cirugía) y a unos métodos insuficientes (basadas exclusivamente en las ciencias naturales) (Álvarez, 2003). Existe en este planteamiento una invisibilidad científica del elemento social, del medio ambiente externo, del ser humano, sin el cual no es posible entender y abordar nada que le afecte.
Fueron numerosos los sanitarios que en el siglo XIX abogaron por explicaciones multicausales en los procesos de salud-enfermedad, evidenciando la determinación directa que existe entre aspectos sociales, económicos y ambientales en la salud de las personas, concretamente de la clase trabajadora, que en esos momentos sobrevive en unas condiciones deplorables. Ya a principios de este siglo autores como Johan Peter Frank alzan su voz contra una práctica médica cada vez más volcada en los planteamientos científico-técnicos, y señala que de poco o nada valen las mejoras hechas en los hospitales si el pueblo sigue hambriento y pobre (Martínez, 1998).
Estos autores establecerán la relación que existe entre la mala salud de la población (elevada mortalidad infantil, muertes en edades jóvenes, elevada morbilidad, toda una epidemia de enfermedades infecciosas y transmisibles) y las malas condiciones de vida en los suburbios de las urbes fabriles. Esta pésima situación social y sanitaria la presentan como consecuencia directa e indirecta de las condiciones laborales, especialmente debido al bajo salario, la inseguridad en el trabajo y la inestabilidad en el empleo, a lo que cabe añadir, igualmente, la estructura política que reprime la libertad de la población. Es así como en esta época Luis Villerme (1828) observó en Francia diferencias de mortalidad entre ricos y pobres, identificó la raíz sociocultural del problema y recomendó intervenciones sociales para solucionarlo. También en Inglaterra, centro de la revolución industrial, el Informe Chadwick (1842) analiza las condiciones de salud de la clase trabajadora, atribuyendo al ambiente físico (calidad del agua, alimentos, etc) el deficiente estado de salud de los trabajadores. Por otro lado, Virchow (1848), en su informe sobre el brote de fiebre tifoidea en Alta Silesia, atribuyó dicho brote a un conjunto de factores sociales y económicos y, en consecuencia esperaba poco de cualquier tratamiento médico: proponía en cambio, reformas sociales radicales: “democracia completa y sin restricciones, educación, libertad y prosperidad” (Rosen, 2005:78).
Pero los descubrimientos en microbiología durante el siglo XIX relegan al ostracismo las aportaciones realizadas hasta el momento por la Medicina Social. Es una época de euforia y optimismo ante la creencia de que la experimentación científica resolvería, tarde o temprano, los grandes problemas de la humanidad. En este contexto, el enfoque social de los procesos de salud y enfermedad se mantiene en los debates teóricos pero no en concreciones prácticas ya que, como dirá Buring, son “expresiones vagas” (Rosen, 2005), y por tanto inviables.
3. La recuperación de la perspectiva social
La definición de salud de la OMS (1948) como un “estado de bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”, ha recibido todo tipo de críticas (Elola, 2001), entre las que destaca su imprecisión al equiparar salud a bienestar. Independientemente de los matices que pueda suscitar, lo que es indiscutible es que esta definición supone un punto de inflexión en la forma de entender la salud, recuperando esa visión integral del ser humano, que si bien no es nueva, ha quedado olvidada en un eslabón de nuestra reciente historia. En esta misma línea está la definición del X Congreso de Médicos y Biólogos de lengua catalana (1976), que entiende la salud como aquella manera de “vivir de forma autónoma, solidaria y gozosa”; o esta otra del Catedrático de Medicina Social de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla, Enrique Nájera (1992) que la define como “la capacidad social para gozar de la vida, para sentir el placer de vivir, para tener calidad de vida, y por tanto depende más de las exigencias sociales, de la solidaridad y de la cultura, que de factores exógenos aunque estos puedan generar incapacidades”.
Los descubrimientos científicos de los siglos XIX y XX llevaron a identificar la salud con la ausencia de enfermedad, y a ésta, con una disfunción físico-química que afecta a un individuo concreto, descontextualizado social y culturalmente, desvinculado de sus redes familiares y sociales, como un agente "ahistórico", sin tiempo ni lugar. Desde esta perspectiva la salud y la enfermedad son experiencias individuales, que se abordan con procedimientos científico-técnicos, aparentemente neutrales, donde lo social se utiliza como marco que embellece pero que sirve para poco.
Enrique Nájera plantea que la salud es una capacidad social. La salud, en este sentido, dependería de las estrategias, de las capacidades y de las posibilidades que, tanto a nivel social, cultural y económico, tenga una sociedad para crear instrumentos y habilidades que generen calidad de vida, reduzcan las desigualdades sociales y fomenten la cohesión social y la solidaridad. ¿Tiene esto algo que ver con el hospitalocentrismo y la farmacodependencia que existe hoy en nuestras sociedades?
4. Los servicios personales de salud: nacimiento, consolidación y crisis
Los servicios personales de salud, tal como hoy los entendemos, tienen su origen en el modelo de seguros sociales puesto en marcha en Alemania por el canciller Bismarck (1883). Este modelo de protección social destinado a la clase trabajadora, pretendía aliviar los riesgos que entrañaba la enfermedad para un sistema de producción como el capitalista, que requería gran cantidad de mano de obra. Pero es en el año 1948, con la aprobación en Reino Unido del informe Beveridge, cuando se regula el Sistema de Seguridad Social y el Servicio Nacional de Salud, iniciándose así el Estado de Bienestar en Europa (Martínez, 1998). La filosofía de estos modelos, con sus particulariedades de cada país, ha sido garantizar prestaciones de carácter universal en lo referente a prevención de enfermedades, atención sanitaria y rehabilitación. De estos tres aspectos ha sido la atención sanitaria la que ha asumido la mayor parte de los recursos económicos, técnicos y humanos destinados a la salud, configurándose hoy como uno de los sectores clave de la economía. La salud, por tanto sigue entendiéndose como el cuidado de enfermedades concretas que afectan a individuos concretos y que se tratan en los nuevos laboratorios, los hospitales. En definitiva, podemos concluir que los sistemas personales de salud, con su énfasis en la atención curativa, se han instaurado como el modelo médico hegemónico durante el siglo XX debido a varios factores: la confianza ciega en la ciencia positiva, que se traduce en la asunción de la tecnología médica como columna vertebral de los sistemas de salud; un perfil epidemiológico caracterizado por enfermedades de tipo infeccioso, con una estructura de población joven y un sistema económico que, tras la Segunda Guerra Mundial, se erige como la opción que puede generar, en un sentido teleológico, un desarrollo ilimitado.
4.2. La transición demográfica: nuevos desafíos, nuevos retos
La crisis de 1973 puso de nuevo de manifiesto, como había ocurrido ya en el 29, la debilidad del sistema económico capitalista. La transición demográfica y epidemiológica en Europa durante el siglo XX, siglo en el que se duplicó la población, ha provocado el aumento en la esperanza de vida, y ha modificado el “patrón de mobi-mortalidad” (Viciana, 1998). Estos hechos han tenido consecuencias que se traducen en lo que se conoce en la actualidad como la reconversión de los sistemas sanitarios, y que no es otra cosa que la constatación de la insostenibilidad del actual modelo.
La enfermedad se ha apoderado hoy del escenario y, como si tuviera vida propia, se ha instalado en todos los momentos de la vida. Asistimos así al predominio de las enfermedades crónicas, a la “medicalización de los estados de ánimo” (Menéndez, 2002; Martínez, 2005), al aumento de los accidentes de tráfico, los suicidios, la violencia, las adicciones, las dependencias, las desigualdades y un largo etc. Las crecientes e ilimitadas demandas de prestaciones sanitarias y farmacológicas son consecuencia de las enormes expectativas puestas en la ciencia médica y en la asistencia curativa, que han convertido a los ciudadanos en pacientes dependientes de un sistema que asume hoy una profunda crisis. Lo más grave de esta situación es que la reacción ha sido una “huida hacia delante” (Álvarez, 2003): no se pone en duda la teoría que sustenta el modelo y se busca la solución en un replanteamiento de la gestión, ofreciendo como solución idónea la privatización total o parcial de las prestaciones. Como señala McKeon “la cuestión no es si el enfoque biologicista, mecanicista y superespecializado domina la medicina, lo cual no puede dudarse, sino si es deficiente como conceptualización de los problemas de salud, en la medida en que se le ha vaciado de su contenido social”.
5. La apropiación de lo social
Las últimas décadas han sido prolijas en cuanto a artículos, textos y planteamientos que recuperan e incorporan la perspectiva social en la salud. Ya en 1978, en Alma Ata, se planteó la necesidad de reorientar los servicios teniendo en cuenta las causas socioeconómicas que desencadenan enfermedades, muchas de ellas evitables. El informe Black, publicado en 1980, se hace eco de una idea que nos recuerda a teóricos del siglo XIX: la generalización de los servicios públicos sanitarios, basados en técnicas curativas, no ha logrado reducir las desigualdades ante la salud. Seis años más tarde la Carta de Ottawa sienta las bases de la promoción de la salud, que tiene como ejes centrales incidir sobre las causas de la enfermedad, teniendo en cuenta a toda la población y no sólo a la población enferma, y promocionando la participación activa de los ciudadanos en todos los aspectos que afectan directa o indirectamente a su salud. El movimiento surgido en torno a la importancia de los factores sociales en el cuidado de la salud y en la prevención de las enfermedades nos invita a pensar “las cuestiones sociales han salido de su aletargamiento” (Comelles, 2003). Nuestra visión es otra, la realidad es que se ha creado una estampa engañosa donde lo social aparece en todos sitios pero vaciado de contenido. Actualmente la mayor parte de los recursos financieros, humanos y técnicos van destinados a la “asistencia curativa especializada y al tratamiento farmacológico” (Simó, 2007). Las acciones de prevención y promoción de la salud han quedado reducidas a informar sobre factores de riesgo que acaban finalmente justificando la culpabilización de aquellas personas o grupos que asumen, libremente, esos hábitos nocivos (Huertas, 1988). Es así como se descontextualizan los comportamientos y la capacidad de elección de las personas, recayendo exclusivamente sobre sí mismas la culpa de su mala conducta sanitaria y no cuestionando los condicionamientos de carácter estructural.
La investigación social no ha permanecido ajena a los discursos que vinculan la pobreza y la exclusión social a determinados grupos de población, ya sean toxicómanos, minorías étnicas, inmigrantes, prostitutas; a los que se les presupone unas categorías esencialistas (los logros, permanencias o caídas en la pobreza serán remitidas a diferencias individuales, a las negligencias personales. Esto supone un deslizamiento racista en sociedades donde el racismo está instalado intersticialemente, donde el biologicismo impregna los saberes culturales. (Menéndez, 2002)) que sirven de referencia para la elaboración de políticas de intervención de corte asistencial. La cuestión es si queremos seguir reproduciendo un paternalismo decimonónico, revestido ahora de neutralidad científica, que crea otros culturales, los que no son normales, como nosotros, o bien plantear nuevos discursos, nuevas formas de construir la realidad donde las personas sean entendidas desde su contexto social, económico y cultural y desde su posición como ciudadanos y no como sujetos dependientes.
6. Ciudadanía e inmigración
En nuestras sociedades hay en la actualidad ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría. Independientemente de los matices que se le puedan hacer a esta afirmación de lo que nadie hoy duda es que hay personas a quienes se les niega esta condición elemental. Son funcionales como mano de obra pero no como ciudadanos de pleno derecho.
España se ha convertido, desde los años 80, en un país receptor de inmigración, hecho que se ha acentuado en la última década. La inmigración, debido a su carácter multidimensional (Blanco,2000), requiere políticas que tengan en cuenta la complejidad de estos procesos abordándolos desde una perspectiva integral. El problema se plantea en cómo abordar la complejidad de una realidad desde mentalidades formadas a partir de la especialización y la fragmentación. La formación en los distintos ciclos y categorías profesionales se ha dirigido a formar especialistas que saben muchísimo de poco, lo que lleva a mirar la realidad como una suma de elementos parciales, inconexos, sólo susceptibles de ser entendidos unidimensionalmente.
Asistimos, pues, a un complejo puzzle donde las piezas nunca acaban de encajar. Se plantea así una política de intervención para mejorar la calidad de vida de las personas inmigrantes pero sin contar con éstas. De esta forma se ponen en marcha distintos dispositivos de atención que buscan paliar problemas de salud, de vivienda, empleo, educación. En definitiva, políticas parciales para una realidad construida parcialmente que tiene como objeto grupos de población previamente estereotipados.
La retórica de la sospecha está servida y nos servimos de esos dualismos (negro-patera, musulman-terrorismo, rumanos-mafia, colombianos- traficantes, etc) para reproducir relaciones de explotación y de desigualdad social. Un hecho que objetiva esta situación es la configuración de nichos territoriales, como los barrios de…, y nichos profesionales, los trabajos para…, que contribuyen a percibir la inmigración como un problema de los inmigrantes y no como un reto para toda la sociedad.
6.1. …perdimos muchas cosas, también la salud
Las investigaciones que han tenido como protagonistas a personas inmigrantes de distintas nacionalidades reflejan que, en general, las pérdidas (de cosas positivas) fueron mayores respecto de las cosas que encontraron. Las expectativas creadas por las historias que se oyen o que se cuentan sobre aquellos a quienes les fue bien, contribuyen a crear esa visión idílica del mundo opulento, donde las posibilidades de éxito parecen tan fáciles. Pero la realidad suele ser otra, el proceso de contextualización en una sociedad nueva conlleva situaciones difíciles que en no pocas ocasiones repercuten en la pérdida de la salud, entendida desde su triple dimensión, biológica, mental y social. Son numerosos los testimonios de inmigrantes que aseguran que su salud ha empeorado a partir del momento en que abandonaron su país. Como un elemento más que se perdió, parece que la salud también se quedó allí.
La separación de la familia, hijos, padres, de la tierra, la luz, los olores, la música, la comida, desencadena una serie de duelos difíciles de elaborar. En la literatura clásica el duelo se ha asociado a la pérdida de un ser querido. En la migración el objeto del duelo no desaparece definitivamente sino que sólo se pierde para quien lo padece, permaneciendo la eterna posibilidad del regreso. Lo que significa que el duelo migratorio sea más parecido al generado por una separación que por una pérdida real.
Por otra parte no es algo que la persona pueda controlar y se vive con muy poco apoyo social, por la falta de redes sociales de contención. A la sintomatología de carácter inespecífico que acompaña en muchas ocasiones el proceso de recontextualización se la conoce como “enfermedades reactivas o de adaptación” (Fuertes, 2006; Junyent, 2006; Vázquez, 2006), que se expresan en depresiones, estados de ansiedad, que se traducen en tristeza y llantos y una suma de síntomas variados que incluyen cefaleas, fatiga, molestias osteoarticulares y un largo etc. Este tipo de malestares dan lugar a demandas crecientes para un sistema sanitario que, como ya se ha señalado, afronta en este momento una crisis de sostenibilidad financiera. Nos preguntamos entonces cuáles son las opciones que nos quedan; la opción más inmediata pero también la más ineficaz es seguir medicando estados de ánimo, padeceres que surgen de las dificultades de afrontar el día a día de una sociedad acelerada, competitiva y cambiante donde la pobreza, la violencia y las desigualdades de género, étnicas y también de salud, siguen creciendo. Una opción más acertada consistiría en reorientar los esfuerzos hacia las causas o determinantes de tipo socioeconómico que están en la base de estas desigualdades, poniendo en marcha políticas de intervención que busquen solucionar los problemas de las personas y no problematizar y victimizar (quienes se consideran, y se les considera constantemente como víctimas llevan una vida de víctimas.) a las personas que los paceden (ya sean inmigrantes, personas con discapacidad, jóvenes, etc). Como señala Martínez Hernáez, “distintas causas originan la depresión”: los conflictos laborales, el desempleo, la dificultad de acceso a la vivienda, el peso de la atención doméstica a familiares con discapacidad, la pérdida de las redes sociales, la pobreza, la marginación, la imposibilidad de mimetizar las imágenes culturales de éxito y de consumo… si estas son algunas causas de la pérdida de la salud, ¿por qué seguimos perpetuando el modelo de la etiología específica de la enfermedad cuando hemos constatado que ese modelo ya no sirve? (Seguimos perpetuando en la práctica, a nivel teórico ya hemos comentado que lo social y cultural está de moda y aparece como apéndice en los estudios que tengan como eje la salud, el bienestar y la calidad de vida de los ciudadanos)..
7. Redes sociales como factor de resiliencia
La experiencia nos demuestra que a pesar de las dificultades, muchas de las personas que emigran, que llegan a una sociedad extraña y diferente, que sienten miedo, impotencia y angustia ante la nueva situación, al final, con sufrimiento, esfuerzo y ayuda, salen adelante. Desde este punto de vista, nos atrevemos a afirmar que los períodos de crisis social desencadenan reacciones favorables en ciertos sectores de la población; enfrentados a situaciones límite, hay quienes descubren en sí mismos recursos de los que ni ellos eran conscientes, o bien se replantean su existencia de cara a un “horizonte nuevo más realista y humanizador” (Martín-Baró, 1984: 511). A esa capacidad de generar recursos para afrontar adversidades se conoce hoy día como resiliencia (resiliencia es una palabra que nos viene del inglés, utilizada en física para expresar la cualidad de ciertos materiales, define la resistencia a los impactos. Desde el punto de vista etimológico viene del latín saliere, que se puede traducir en “saltar hacia atrás, rebotar, ser repelido, surgir”, con ese prefijo “re”, que indica repetición, reanudación. “Resiliar” es rebotar, reanimarse, ir hacia delante, después de haber padecido un golpe o vivido una situación traumática. También consiste en hacer un contrato con la adversidad (Poilpot, en Cyrulnik, 2004)). Al hablar de resiliencia humana se afirma que es la capacidad de un individuo o de un sistema social para vivir bien y desarrollarse positivamente, a pesar de las difíciles condiciones de vida, y más aún, la capacidad para salir fortalecidos.
Dos elementos básicos de la resiliencia son, por un lado, la resistencia frente a la destrucción y la capacidad de construir o reconstruir su propia vida a pesar de las circunstancias difíciles. Por otro, la vincularidad, que consiste en encontrar las redes de apoyo incondicional que un ser humano requiere para sentirse parte del mundo. Los seres humanos, en circunstancias especialmente difíciles, requieren una mano amiga, un acompañante, un “cómplice significativo”. Desde la ópica de la resiliencia, los conflictos son la base del desarrollo humano, se trata de un potencial que es capaz de superar el miedo, y convertir el trauma en una oportunidad de crecimiento.
Vanistendael, en su popular ejemplo de la casita de la resiliencia, dibuja en su base las redes de contactos informales o redes sociales; en el primer piso sitúa la capacidad de dar sentido al dolor, y un poco más arriba está el humor, la autoestima y las actitudes y competencias ante la vida.
También la OMS se hace eco de la importancia de las redes sociales para fomentar la salud y la calidad de vida de las personas, introduciéndolas como un determinante más de la salud (Organización Mundial de la Salud. Comisión sobre determinantes sociales de la salud. Programa 2003-2008.).
En el proceso de recontextualización de las personas inmigrantes se ha constatado cómo la densidad y la extensión de las redes sociales de apoyo son elementos clave para atenuar las llamadas enfermedades reactivas o de adaptación; como señala Maya se tiene constancia de que, entre los elementos que atenúan o previenen estos problemas, se encuentran: tener una red amplia, estar casado, disponer de apoyo confidente y estar satisfecho con las relaciones interpersonales. Este tipo de variables tiene un efecto positivo en la percepción de la salud física y de la autonomía funcional, la satisfacción con la vida, el bienestar general percibido, el estado de ánimo, el efecto positivo hacia el trabajo y la familia, etc.
Llegamos así a la constatación de que la salud y su pérdida, tanto en la población en general como en las personas inmigrantes en particular, necesita abordarse desde un enfoque integral, donde lo social, lo político, lo comunitario y lo económico se den la mano. En este sentido nos parece interesante recoger las palabras de Tomkiexicz sobre la idea de resiliencia social: “No he encontrado muchos trabajos que estudien los factores macrosociales, económicos, políticos o incluso éticos (de la resiliencia)”. De este modo los niños que sobrevivieron a los campos de concentración y al genocidio nazi encontraron, al regresar la paz a Europa Occidental, unos países ciertamente empobrecidos, traumatizados, incluso parcialmente destruidos, pero abiertos, optimistas, acogedores para estos nuevos inmigrados (…) Hoy, el hijo del parado, en un mundo sometido al pensamiento único, que le desprecia a uno si no es accionista o gran empresario, tiene muchas dificultades para creer en su porvenir, para poner en marcha proyectos constructivos, en una palabra, para ser resiliente.
En este contexto las nuevas tecnologías de la información pueden ser un elemento para la resiliencia social en la llamada sociedad global, pueden hacer visibles a quienes se había invisibilizado, y pueden favorecer la construcción de nuevos discursos que tengan como protagonistas a quienes padecen los problemas y no sólo a quienes hablan de ellos.
7.1. Las nuevas tecnologías como catalizadoras de redes sociales
Una de las vías que proponemos para fomentar las redes sociales como redes de solidaridad y apoyo, como profesionales que pretendemos intervenir desde la transdisciplinariedad, es introducir las tecnologías del conocimiento fundamentadas en software libre y estándares abiertos, elementos éstos sumamente estratégicos en sociedades fuertemente mediatizadas por las redes de información.
Cada día que pasa crece el número de personas que utilizan las tecnologías de la comunicación ya sea para relacionarse, ya sea para obtener información, o como medio para el aprendizaje. Es por ello que cada vez se hace más necesaria la puesta en escena de instrumentos, técnicas y recursos que favorezcan cauces de participación, de comunicación y de relación en un marco de libertad, no sólo entre inmigrantes, sino también entre extranjeros y autóctonos, de manera que hagamos más fácil la convivencia en la llamada sociedad del conocimiento, que inexorablemente es ya y será una sociedad transcultural.
Para materializar estas ideas y superar el teoricismo que a veces pesa en los ambientes académicos, hemos puesto en marcha, desde ámbitos profesionales distintos pero complementarios, las ciencias sociales junto a las tecnologías de la información más avanzadas, una experiencia piloto para la comunicación y la mediación intercultural. Concretamente se está poniendo en marcha un portal en la red con distintas aplicaciones destinadas, entre otras cosas, a favorecer la comunicación entre personas inmigrantes, también entre inmigrantes y no inmigrantes, a canalizar las búsquedas de recursos; en definitiva, a conocer y a facilitar el acceso y la integración de las personas inmigrantes en su nuevo contexto.
Es así como nace decultura.org un portal destinado a fomentar el intercambio de ideas, la relación y la oportunidad de conocer y aprender entre personas de distintas culturas. Inicialmente se ha planteado difundir esta herramienta entre las personas de África y América Latina, dos de las zonas con más presencia en España.
Agradecimientos
Agradecimientos al enorme trabajo de Antonio Fumero y Genís Roca en colaboración con Sáez Vacas. Su material ha servido de apoyo y de gran ayuda en la elaboración de este artículo y su libro Web 2.0 de la Fundación Orange e Internality.
Agradecimientos también a Jaime Aguilera, sus lecciones “de niños para 5 años” han servido para apreciar su atención en mejorar, muchas gracias.
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- http://jorbe.blogsome.com/2007/05/20/conectivismo-una-teoria-de-aprendizaje-para-la-era-digital/
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